Camino hacia el sol de oriente.
Lo hago sin dejar huella.
La tierra no pertenece al ser humano, nosotros pertenecemos a ella.

Quiero subir a lo más alto
para ver donde se esconde el sol.
Conocer las cosas de cerca.
Disfrutar con mis sentidos,
de lo simple del silencio.

La savia que recorre estos árboles porta la memoria de otros tiempos.
Esta tierra es sagrada y somos parte de ella.

Somos el viento que sustenta a las aves, los ríos que bajan de la montaña, los árboles que frenan sus aguas.
Somos la brisa que acaricia las flores.

El pinsapo, el águila, el íbice y el hombre, todos respiramos el mismo aire.

Mientras camino pienso que viajar no es solo ir a los confines del mundo.

Viajar es apagar el móvil y escuchar los pájaros. Descubrir tu tierra y compartirla con alguien especial.

Viajar es hacer del presente una verdad. 

Nadie puede poseer la frescura del viento. Nadie puede comprar ni vender el cielo.

Hay joyas que no se pueden comprar con dinero.

Siento el aire que respiro.
Los pájaros vuelan hacia el sol poniente.
Las montañas parecen haber despertado del silencio.

Esta felicidad es la emoción que siento por alcanzar un deseo.
Pero las cumbres más altas no son siempre las victorias más recordadas.
La conquista de la soledad se encuentra a veces en cualquier cañada.

Todo está relacionado como la sangre que une a una familia.

La imensidad del espacio se dibuja ahora en el cielo.
Somos una mota de polvo flotando en la vía láctea.
Somos la paz bajo las estrellas.

El presente es la consecuencia de nuestro pasado y el futuro, el fruto de lo que hoy sembramos.

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